sábado, 15 de diciembre de 2012

El hombre que no supo nadar en el mar de la abundancia.









Tan pobre,...
 que sólo tenía riqueza y poder;
¡pobre hombre aquél!.

¡Jamás se planteó!,
por su cabeza nunca pasó...
mirar desde el lado desde el cual, a él lo miraban
y ver lo que, a tantos, de él gustaba y entusiasmaba.

Nadaba entre adulaciones,
pero no se daba cuenta que bebía de un vino,
entregado por manos con oscuras pretensiones 
y que, amorosas, prometían un engañoso trato divino. 

Todas las sonrisas que se le acercaban eran lustrosas,
 como cristal de Bohemia blanco, pérfidamente sinuosas.
¡Pobre hombre aquél!;
 se perdía, sin saber, en un  mar de lisonjas,...  
 que lo iba a dejar desnudo y sin alforjas. 

La riqueza y el poder anularon su razón;
ahora vaga desnudo, desposeído,... ¡hasta sin calzón!.
Ya no hay nadie que lo arrope, ya no hay sonrisas...
todo el mundo se aleja con prisas. 

Su paladar ya no degusta los placeres del vino;
ya no hay manos,... que prometan lo divino.



... ni cariño, ni abrigo.



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